domingo, 12 de febrero de 2012

Las hermanas satánicas, por Guido Bilbao



Este texto fue publicado en la revista Gatopardo en julio de 2003. Bucea en la historia del crimen de Juan Carlos Vázquez a manos de una de sus hijas. El caso trascendió como el crimen de las hermanas satánicas. El 27 de marzo de 2000 es una fecha ineludible en la historia del crimen argentino.

—¿Tenés miedo? -pregunta Gabriela Vázquez-. Tenés cara de miedo, se te nota, estás recagado.

Sus ojos se clavan en los míos que no pueden sostener su mirada. Impresiona una cicatriz en su cara que le baja desde el ojo izquierdo, bordeando la nariz, hasta apagarse, atravesando el labio. Parece como si las lágrimas al rodar hubiesen dejado un surco. Pero no, parece mal. No fue eso.


El jueves 27 de marzo de 2000, Gabriela Vázquez presenció cómo su padre recibió de pie y en absoluto silencio, más de cien puñaladas a manos de su hermana Silvina, que hasta esa mañana era una alumna ejemplar de la facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires. Vivían en un barrio de clase media, en un loft perfecto que de la nada se convirtió en un infierno. Las crónicas de los medios dijeron que todo había explotado durante un rito satánico, es más, que había señales de incesto. Los policías se encontraron con la tragedia en movimiento. Era terrorífico: un living inundado en sangre con el cadáver de Juan Carlos Vázquez deshojado en el centro. Alrededor, sus dos hijas. Gabriela, inmóvil, cubierta de sangre. Y Silvina… los policías ni quieren acordarse de ella. Entre cinco no la podían parar. Juraba a los gritos que existía el demonio. Y no solo eso. Que tenía forma humana. Y hasta un nombre.

—¿Qué pasó? -le pregunto. Es la primera vez que Gabriela se sienta frente a un grabador a contar su historia en profundidad.

—Mi hermana se volvió loca. Eso pasó. Yo bajé y Silvina estaba pa pa pa con mi viejo. Y tuve un shok. ¡Un shok!, cómo le hubiese pasado a cualquiera. Quedé paralizada. Y él ni gritó. Eso es lo peor de todo. Que lo perdí a mi papa que era un pan de Dios, buenísimo, se desvivía por nosotras. Pero para decirte la verdad, esto empezó hace mucho. Con mi abuela.

Cafayate, provincia de Salta, 1945.

Agustina Vázquez siempre lo dijo, ese camino que recorría todos los días era el más lindo que había visto en sus quince años de vida. Le encantaba sobre todo al atardecer, cuando el sol se deshace tras los viñedos. “Hoy me lo perdí”, se dijo, mientras caía la noche. Se había quedado más tiempo en la ciudad donde vendía pan casero y empanadas para ayudar en algo a la maltrecha economía familiar. Cuando escuchó un ruido al costado del camino, no le dio ninguna importancia. Siempre había bichos en los matorrales. Pero al notar una sombra inmensa abrirse a su lado no tuvo ni tiempo de reaccionar. En segundos se vio rodeada. Eran tres hombres. Algo raro para esa zona: uno de ellos rubio, muy rubio. Cayó al piso. En segundos le sacaron la ropa. Desaforados, los tres pasaron por su cuerpo. Agustina ni gritó ni lloró. Volvió a su casa hecha despojos. Como no sabía que decir, no dijo nada. Pero a las pocas semanas cuando estalló la noticia del embarazo, las reacciones en la familia Vázquez fueron inesperadamente crueles. “Eso que llevas adentro no es un ser humano”, dijo Doña Esther, madre de Agustina. “Es un hijo del mal, un engendro”. La señora de la casa era toda severidad. Sus ojos, dos volcanes. Vestía siempre de negro y sus ocho hijos la respetaban hasta el miedo. Cuando a los nueve meses Agustina dio a luz al bebe no deseado, al que llamaron Juan Carlos, la mirada de doña Esther cambió de repente. Se tornó suave. En una típica familia salteña, donde todos eran de tez morena, con rasgos coyas, un bebito rubio y de ojos claros no era ninguna maldición. Nada de eso. Cuando alzó al bebe en sus brazos sintió un deseo que la quemó por dentro. Y al que no pudo resistirse. Le dijo a todo el mundo que el recién nacido era hijo suyo. Hizo callar a Agustina y la mandó para Buenos Aires. Ninguno de sus hijos se animó a decir palabra.

Faltaban 45 años para que su hija lo apuñalara cuando a Juan Carlos le dejaron ver una parte del secreto. Le contaron que su verdadera madre era su hermana, que lo había dejado en manos de doña Esther, la mujer que lo crió. Se sintió abandonado. Nada le dijeron de las cartas y el dinero que Agustina enviaba desde la gran ciudad. Odió a su verdadera madre mientras se hizo invencible el amor por su abuela a la que, a pesar de todo, siguió llamando mamá.

A los quince años, Juan Carlos decidió viajar a Buenos Aires a probar mejor suerte. Se instaló en Caballito. Consiguió trabajo en una bulonera y terminó el colegio secundario yendo de noche, cuando van los adultos. Las cosas iban bien. Y se pusieron mejor todavía cuando conoció a Aurora Gamarra, una chica de Entre Ríos compañera de clases. Se entendieron enseguida y se enamoraron para siempre. Ambos cargaban historias similares, llenas de maltrato y desamparo. La madre de Aurora la había abandonado cuando tenía seis. Fue criada en diferentes conventos. Se casaron y se instalaron en las afueras de la ciudad. Tuvieron dos nenas hermosas, Gabriela y Silvina. Llevaban una vida tranquila y estaban encantados. Habían logrado lo que pocos. Casi habían olvidado los seres heridos que latían cuerpo adentro. Se sentían felices. Pero al pasado no se lo mata tan fácil.

Un día, Aurora recibió una llegada inesperada. Su madre volvió a visitarla, a pedirle perdón, se moría por conocer a sus nietas. Fría como hielo, Aurora contestó que su madre había muerto y pegó un portazo. Fue tan grave la respuesta que el timbre no volvió a sonar.

En 1993, el mundo de los Vázquez se derrumbó. Aurora no pudo superar un cuadro agudo de diabetes y después de una larga agonía, murió. Ella era el eje de la casa. La que tomaba decisiones con las chicas. Juan Carlos se quedó solo a cargo de todo. Luego de la muerte de la madre, sus hijas parecían otras. Silvina empezó con los miedos. Temía andar sola por la calle. Sentía que le iban a robar, que estaba por pasarle algo malo. Salía de su casa sólo para ir a la escuela. Recién empezaba el secundario. Gabriela, en cambio, no estaba nunca. Se peleó con su novio con el que planeaban casarse -hasta habían recibido regalos de boda-. Comenzó a tomar drogas, a salir más de noche. Entre las hermanas se vivían peleando. Silvina le decía puta a Gabriela y esta le contestaba loca. Por la ropa, por el perfume, por todo discutían. Cuando una grababa un video de Pink Floyd, la otra se lo arruinaba encima con un recital de Luis Miguel. Esa noche, la del video, Juan Carlos Vázquez se puso como nunca. Destrozó la videocasetera a martillazos y, sin decir palabra, resolvió la discusión.

Decidieron mudarse a capital. Encontraron un loft bellísimo. Vázquez iba a estar más cerca de su trabajo, en una ferretería de Villa Urquiza y las chicas más cerca de la Universidad. Silvina estudiaba para contadora, Gabriela imagen y sonido.

Luego de describir la tragedia y recordar a su padre, Gabriela se pone a llorar. Salimos a caminar por Palermo viejo para bajar la tensión. Caminamos por Serrano, desde una placita que se llama Julio Cortazar, hacia la avenida Santa Fe. Al llegar a la puerta de la iglesia San Francisco Javier, Gabriela frena de golpe. Entramos. Se hace la señal de la cruz y camina vacilante hasta uno de los bancos. Son las tres de la tarde y hay dos personas rezando al borde del altar.

—Que raro que hay vitraux acá, en la mayoría de las iglesias se los roban -dice-. Se siente segura en las iglesias. Su forma de creer en Dios es temeraria. “El es todo”. “Hubiese querido morir pero Dios no me dejó”.

—Todo buen cristiano cree también en el demonio -observo-. Ríe pero no dice nada.

Llegamos a mi casa. Pregunta si tengo algo para comer. Fideos tengo.

—¡Ah! Fideos, yo hago muy buenas salsas, vas a ver.

Enciendo el fuego para el agua. Mientras tanto ella hace malabares con las latas de tomate.

—¿Me pasás el abridor? ¿No tenés? ¿Entonces como lo abrimos?

—Con un cuchillo.

—Estás loco.

Ella se pone seria. Aseguro la lata a la mesa, empuño el cuchillo y mientras la miro de reojo dejo caer la mano. Rebota. Golpeo de nuevo y nada. Gabriela asiste con el gesto fruncido. Como si sientiera los golpes en carne propia. Me decido. Cierro la mano y le doy con todo. La lata cede y como si tuviese vida impulsa un chorro de…

—¡Sangre! -grito.

El tomate salta y le empapa la remera. Por eso no escucha lo que dije, sí, lleno de miedo. Mejor así.

—Sos un pelotudo -observa-. Esta era mi remera preferida para ir a bailar a Pacha. Lo mínimo que podés hacer después de esto es conseguirme entradas. ¿Podés eso?.

Es que antes de la tragedia, Gabriela iba a bailar a los boliches top de Buenos Aires: al Cielo, el Divino, Sky Ranch. Luego de mudarse a la capital cambió la cumbia por la música electrónica. Las vidrieras, el fetiche menemista, estaba en pleno auge. Gabriela quería ser parte. Compraba ropa de las mejores marcas, llevaba al límite sus posibilidades económicas para codearse con la Argentina vip. Su padre le pedía que gastase menos, no daba para tanto. Ella moría por aparecer en las fotos de las revistas y cuerpo adentro soñaba con tener la vida de las modelos que veía brillar en el Open Plaza, el bar que frecuentaba y que era el centro de la noche fashion de los años 90. Pasado el tiempo, de algún extraño modo, el sueño se le cumplió. Se cree una celebridad. Desde que salió del Moyano los periodistas la persiguen con insistencia,. La llamaron varios escritores para contar su historia. Hasta le ofrecieron hacer un documental. Eso la aterra y le encanta, todo a la vez. Hasta que se da cuenta que su fama es su condena. Entonces se piensa como una víctima, como un blanco al que todos le apuntan: víctima de su hermana que se volvió loca, mató al padre y le hizo nueve cortes en la cara. Víctima de la policía que sacaba fotos en vez de entrar a salvarla. Víctima de sus vecinos que le dijeron cualquier invento a los periodistas. Víctima de los psicólogos que le dieron miles de pastillas cuando no las necesitaba. Víctima de la justicia que la tuvo encerrada injustamente. Víctima del curador que maneja sus bienes y malvendió el auto de su padre. Víctima de su familia que quiere más a su hermana loca. Y víctima de los medios que le hicieron creer a todo el “cuentito del diablo”.

—¿Tu papá murió durante un rito satánico? -le pregunto finalmente.

—Nada que ver.

—Es lo que juran los policías.

—Ni ahí, boludeces de los medios. Ya te dije, mi hermana se volvió loca.

Insisto. Es la supuesta presencia del demonio la que la puso en la tapa de los diarios y quizá, el por qué de este asesinato. Mientras comemos vuelvo sobre el tema. Ella dice que no, hasta que, harta de mis preguntas, se levanta de golpe, con las manos en la cara, convertido en un torrente de furia y llanto. Grita.

—¡No me jodan más!. Andá y pedí las llaves de esa casa. Metete ahí y después me contás que opinás del demonio.

Manuela Pedraza, 5973, Villa Urquiza. Un departamento tipo casa convertido en Loft. Tres ambientes en dos plantas. 450 pesos de alquiler. Sin expensas. La mañana del 25 de marzo dos días antes del crimen, Silvina encaró al dueño de la casa donde vivía para preguntarle si había pasado algo maligno en el loft. “Hay olor a muerto, se escucha como si bajaran las escaleras y cuando te asomás no hay nadie. Las cosas cambian de lugar, desaparecen. Las frutas se pudren en la heladera de un día para el otro. ¿Murió alguien acá?”. El dueño se sorprendió. Una chica tan correcta como Silvina no podía estar hablando en serio. Pero sí, y algo más, “si escuchan ruidos raros no se preocupen” le anticipó, “vamos a purificarla casa. Los tres, papá Gaby y yo”.

La tarde posterior al crimen, llamativamente, algunos vecinos confesaban aterrados el temblor de sus muebles, el sudor de las paredes. Hasta una anciana hubo que aseguró ver “plumas que caían del cielo” mientras la policía sacaba el cuerpo sin vida de Juan Carlos Vázquez por el pasillo. Las dos chicas salieron vigiladas por un equipo de SWAT. Fueron trasladadas al Hospital Pirovano. En la puerta de la casa tres canales de tevé transmitían en vivo. El público moría por conocer los detalles de las dos hermanas que habían tenido un encuentro con el diablo. Seamos sinceros: todos sienten simpatías por el.

Las chicas quedaron atadas a la cama separadas por un biombo y con custodia policial. Antes de entrar a verlas, las enfermeras se hacían la señal de la cruz. Y nunca entraban solas. Gabriela presentaba golpes en la espalda y nueve cortes en el rostro. Silvina estaba como ida, balbucenado incoherencias, saldando sus cuentas vaya a saber uno con quién. La televisión y las revistas llenaban las páginas con el caso. “Hasta hablaron de canibalismo, que mi hermana le comió la cara a mi papá” se molesta Gabriela. Sacerdotes de la iglesia aparecían hablando de exorcismos, manochantas se ofrecían para enfrentar al Ángel caído. Los psicólogos hablaban de sugestión. La puesta en escena era fantástica. Comenzaron a llamarlas “Hermanas Satánicas”.

Tres días después del hecho, fueron directo a la Unidad 27, la prisión que hay dentro del neuropsiquiatrico Braulio Moyano, en el sur de Buenos Aires, “La jaula de las locas”. Hay dos pabellones de máxima seguridad. Uno lo vaciaron para Silvina. Era la encantada, la “poseída”. Tanto el personal del presidio como sus compañeras le tenían pánico. Gabriela fue al segundo donde se alojaban ocho mujeres más. Cuando se cerró la puerta de su celda, anochecía. Se encontró sola por primera vez desde aquella mañana en la que su vida había estallado en pedazos. Miró a su alrededor. Había un tacho de pintura a modo de baño, una lamparita en el techo y un colchón sin cojín viejo y manchado de sangre. Lloró tanto que se le humedecieron las gasas que le cubrían la cara. Le daba asco sentarse en ese colchón pero no tenía alternativa. “No entendía como había llegado a ese lugar. Si toda la culpa era de mi hermana pensaba yo. De golpe escuché una vos, bajita, que venía de la puerta”.

—No llores, no ganas nada.

Gabriela no contestó. La voz insistía.

—Dale, vení que tengo el porro de la risa. Si venís rápido te apuesto a que parás de llorar.

Gabriela se acercó. Fumó un poquito. Se acuerda que sonrío porque le dolió toda la cara. Después se acostó, pensó en su padre y se quedó dormida.

A las 6 en punto de la mañana la despertaron los gritos de las celadoras que pasaban a contar a las reclusas. Quiso volver a dormir pero a las 7 le llevaron el desayuno -té con pan- y a las 8 pasó la enfermera con la medicación. Llevaba una bandeja con cajitas, cada una con un nombre. Eran pastillas molidas. Las tomó con recelo. Durante el primer mes no podía salir de su celda como las demás que se la pasaban entre el comedor y el patio. Veía a tres psiquiatras por días. Silvina también, pero de ella, Gabriela no sabía nada. “Todo el tiempo tenía que contar qué había pasado. Al principio me costaba. Lloraba, no quería ni pensar. Después de cien psiquiatras lo contaba como una vieja anécdota”.

Cuando las cosas se relajaron y se convirtió en una interna más, conoció, mientras limpiaba los baños, a la chica que le había convidado de fumar: “La Gorda”. Había caído mientras robaba un restaurante con su novio. Él también estaba preso. Decía que “LA 27” era un hotel de lujo al lado de la cárcel de mujeres de Ezeiza de donde venía. Que por eso simulaba que le daban ataques para pedir el traslado. Gabriela sintió miedo. Ella estaba en el infierno. Y le decían que existía uno peor. “El único problema” le explicó la Gorda, “es que si no tenés visitas, si tu familia no te viene a ver, quedás en manos de estas bestias que para que no molestes te dejan boludas con el halopidol -una medicación, el chaleco químico-”.

La Gorda” le contó la mecánica de ese pabellón. Mandaba Cecilia que era una killer. Mataba por plata y disfrutaba de su trabajo. Se la pasaba en el comedor, anclada frente al grabador, escuchando horas y horas “Loco” una canción de Andrés Calamaro. Es más, rebobinaba el casete hasta llegar al verso que dice… “y reprimir el instinto asesino”. Entonces se reía a los gritos y volvía a retroceder la cinta. Era mejor no molestarla.

—Cuidate de la petisita -le dijo “La Gorda”-, la morochita esa, la de cara chupada que está al lado de tu celda.

—¿De esa chiquita? -contestó Gabriela sorprendida de su reacción y se envalentonó-. ¿Qué me puede hacer?

—Sí, esa. Salió en los diarios. Le pusieron la Degolladora del Abasto. No sé a cuántos mato, pero a todos igual. Les cortaba el cuello.

Gabriela entendió. No se tenía que meter con nadie. Estaba sola en el mundo, presa, pero se sentía inocente. De a poco se fue acostumbrando. Su hermana seguía sola en el otro pabellón. “La Gorda” le explicó cómo comunicarse con ella. Le enseño la técnica de los papelitos: Escribir algo corto y después doblarlos de tal forma que a primer vista parecieran basura y que, en caso de ser descubierta la trampa, no se pudieran abrir sin romperse. Le dijo que después cuando alguna iba a limpiar el otro pabellón, le llevaba el mensaje a su hermana y le traería una respuesta. Gabriela escribió. Un saludo. A las horas le trajeron un bollito de papel. Tardo en abrirlo, le costaba. Se le rompió. Igual pudo leer. “Gaby, hermanita, te quiero mucho. Quedate tranquila. Vamos a volver a estar juntas, vamos a tener una vida hermosa, vamos a ser felices como antes”. “Sentí odio. No podía creer lo que me decía. Mira lo que hice para relajarme: le pedí dos cigarrillos prestados a “La Gorda” y fui a la celda de Mary que era masajista y por ese precio te dejaba hecha una seda”.

Una mañana “La Gorda” la llamó desde el comedor. Todas las internas estaban en un rincón, inclinadas, mirando en el piso un racimo de flores rojas acampanadas. Cecilia tomó la palabra:

—Para mí que son de las buenas. Hay que comerlas.

Gabriela sabía de que se trataba: floripondio -brugmansia es su nombre científico-, flores con componentes psicoactivos-. Ella se acordaba de algunos amigos que habían tomado té de esa planta y habían terminado ciegos una semana entera. Pero “¿Cómo las habrán entrado?” se preguntó. “La Gorda” sabía.

—No entraron nada, las cortaron del árbol del patio.

Todas empezaron a comer. Gabriela no quiso.

—No te hagas la tonta -le dijo “La Gorda” que la conocía.

—¿No te das cuenta de que van a pensar que estamos locas? -contestó ella.

La Gorda” se empezó a reír y casi se atraganta con las flores.

—Estás en la cárcel de un hospital psiquiátrico, nadie piensa nada, ya lo saben -le contestó a pura carcajada- ¡Estamos locas!

Gabriela se enojó y volvió a su celda. Ese día la prisión fue un descalabro. Las celadoras descubrieron la causa y al otro día tiraron el árbol abajo. Las internas no se hicieron problemas y volvieron al ataque. Se comieron las raíces.

Cuando se hizo de noche se encendieron todas las luces menos la de su celda. Era viernes. Gabriela pidió una lamparita y le dijeron que no había. Sintió miedo al pensar que iba a pasar todo el fin de semana a oscuras. Se puso a gritar. Las paredes empezaron a temblar como si alguien quisiese entrar a su celda. “Soy el diablo, el diablo” alguien murmuraba.

—Quedate tranquila Gaby, no es el diablo -la tranquilizó “La Gorda”-. Es la degolladora que le está pegando a la medianera y se divierte gritando que es el demonio.

Al escuchar los gritos de Gabriela, Silvina desde su celda comenzó a gritar peor. Enseguida llegaron las celadoras con una bombita.

—Gabriela, ya está, tenés luz. Pero escribile algo a tu hermana así sabe que estás bien. Está fuera de control.

A los pocos días la llevaron hacia otro lado de la prisión. Al pasar por un espejo, Gabriela se miró un segundo. Nunca lo había podido hacer desde que fue detenida. Se sintió un monstruo. En la sala la esperaban ocho doctores. Se sentó enfrente de ellos. A su lado había una silla vacía. Se dio cuenta: era un careo. Cuando entró Silvina se le vino encima, la abrazó.

—Gaby ¡Qué linda estás! -le dijo.

Gabriela no contestó. La junta médica quería cruzar en vivo los testimonios de las hermanas. Silvina hablaba del demonio, decía que había sido poseída, que por eso hizo lo que hizo. En ese momento Gabriela tuvo una revelación: la justicia no cree en el demonio, cree en la locura. Uno de los médicos comenzó a indagar en la relación de Silvina con su padre.

—¿Tenían relaciones sexuales? ¿Lo disfrutaba? -Silvina estaba como ausente después de su declaración. Contestó Gabriela.

—Cállese, ¿cómo va a decir eso?

—Su padre estaba desnudo al morir, su hermana casi y usted en ropa de dormir.

Gabriela perdió la paciencia.

—Qué sabe usted, porque no se calla la boca. No entiende nada.

Cuando volvió a su celda ya había entendido todo. Si su hermana estaba loca ella no. Decidió cargar las culpas sobre la psicosis de Silvina. Comenzó a estudiar los síntomas, los brotes. Le pedía manuales de derecho a la maestra del penal. Comenzó a leer y a hacer gimnasia. Una de las celadoras daba clase. Gabriela estaba harta de la cumbia que se escuchaba todo el tiempo y le pidió que le consiguiera un disco del DJ Hernan Cattaneo. Cuando se lo trajeron y lo escuchó, lloró. Se acordó de sus mejores noches, algo del clima de aquellas fiestas volvió a su cuerpo. Hasta que apareció la degolladora y le ordenó que si no quería tener problemas, sacara ese ruido horrible para poner algo de Lescano, el líder de la Cumbia Villera. No hubo caso, no estaba en la disco Pachá.

A los nueve meses de haber ingresado a la prisión, en diciembre de 2000, Gabriela Vázquez quedó en libertad.

—¿Sabes que fue lo primero que hice cuando salí?. No me vas a creer, me metí en una peluquería.

Creyó que todo cambiaba con un corte de pelo. “Haceme algo fashion” le dijo a la peluquera. Fue a vivir con una tía, Nicéfora, hermana de su padre. Era evangelista. “O te convertís o el diablo te atrapa de nuevo”, le dijo mientras la obligaba a leer la Biblia. Gabriela puso en su cuarto fotos de su familia, pero bastaba que saliera un rato para encontrar, al volver, que los portarretratos miraban a la pared.

—La culpa la tiene esa casa -le decía su tía-, esa casa está maldita.

Nicéfora quedó en custodia de los muebles de los Vázquez luego del crimen y juraba por Dios que una maldición había caído en su casa desde el día que llegaron. Comenzó a pelearse con su esposo, algo que nunca pasaba y este, encima, perdió su trabajo. Tenía miedo de terminar como su hermano. Gabriela se fue a una pensión. Consiguió trabajo de telemarketer, luego atendió una remisería. Fue saltando de trabajo en trabajo hasta que a fines de 2002 conoció a un chico. Alquilaron una casa para vivir juntos. Le había costado, pero estaba de nuevo viviendo una vida normal. Quedó embarazada -espera para setiembre-. Pero su novio se enteró de su trágica historia y no quiso saber más nada. Desapareció y ni le pasa plata ni contesta sus llamados.

“A partir de ahora cuando me pregunten sobre mi familia, no voy a decir más nada. Antes decía que mi papá murió y que mi hermana estaba internada. Pero al final se dan cuenta y les da miedo. Porque este caso lo recuerdan todos”.

De sus viejas amistades casi no le quedan ninguna, salvo la madre de una amiga. Y desde que salió, un solo chico aguantó la historia de pie y la sigue frecuentando.

Pero ahora que está embarazada se siente renovada, con una fuerza enorme. Aunque esté sola, sin familia ni trabajo. “Porque esto es una bendición, un llamado de la vida después de tanta muerte”. Aunque no se olvida ni un segundo de lo que vivió aquella mañana. Aunque se despierte, a veces, temblando en medio de la noche, reviviendo la tragedia.

Algo similar vivió su padre, cuarenta días antes de morir, cuando una llamada telefónica resucitó sorpresivamente los espectros que se mantenían ocultos en su pasado.

El marido de Agustina, su madre, a la que Juan Carlos seguía tratando como a una hermana, quería hablarle de algo serio. Se juntaron a tomar un café. Cuando volvió a su casa, Vázquez era un mar de lágrimas. Sus hijas no entendían nada. El hombre, hecho un loco, golpeaba las puertas, embestía las paredes.

—Yo no tendría que haber existido -decía y volvía a golpear algo-. Soy un malnacido. Pobre mi mamá, la violaron. Un hijo del mal soy. Me quiero morir, me quiero morir.

El marido de su verdadera madre, sin anestesia, le había revelado el secreto que toda su familia le mantenía oculto. Vázquez se sintió culpable. Siempre había maltratado a Agustina, injustamente, a su propia madre. Las chicas lo abrazaron, lo consolaron.

Silvina no venía muy bien. Decía que escuchaba voces en la casa. Ruidos extraños. Olor a muerto. Fue a buscar respuestas a Transmutar, un lugar donde dictaban cursos esotéricos. Sergio Etcheverry, el dueño de la empresa, le explicó todo. Ella quedó fascinada. Creía en los espíritus pero recién ahora entendía por qué. Se inscribió en un curso y llegó a una conclusión: su casa escondía un horrible enigma que debían extirpar para recuperar la calma. El 24 de marzo de 2000, mientras estudiaba, la sorprendió un grito que venía del baño. Era su padre. Silvina se asomó y vio en el espejo del tocador, el reflejo de Vázquez convertido en otra cosa, en algo horrible. Cuando ella vio lo que el miraba gritó también. Juan Carlos, aterrorizado, le dio un golpe al vidrio, que estalló en pedazos. Esa noche se juntaron los tres y decidieron pedir un turno en el Hospital Pirovano para hacer terapia familiar, cosa que Gabriela hizo al otro día. Sin embargo, para purificar la casa y acabar con todo no necesitaban a nadie. Eso mismo le dijo Etcheverry a Silvina mientras le vendía un líquido especial para eso. La noche del 26, los tres juntos se encerraron en la habitación de las chicas decididos a combatir el mal. Tiraron un colchón en el medio de las dos camas para el padre y comenzaron a leer la Biblia, a partir del Salmo 119. En voz alta. Bebieron la pócima, que en realidad era un líquido para purificar el piso. Se turnaban para leer. Comenzaron a sentir síntomas físicos: era obvio, los espíritus daban pelea. Vomitaron los tres, toda la noche. Pasaban del baño a los rezos, de la realidad a la ficción, del demonio a la locura. De fondo, se escuchaba la misa criolla. Se hizo de día. Pasadas las horas el baño era un asco. A Juan Carlos se le hacía tarde, tenía que ir a trabajar. Se fue a bañar. Silvina se dirigió al comedor y se puso a aullar. Juan Carlos dejó la ducha y bajó corriendo, desnudo. Silvina lloraba. La abrazó. Y en ese abrazo dejó su vida. El primer cuchillazo fue en el cuello, a la altura de las cuerdas vocales. Vázquez miró a Gabriela sin siquiera gritar. Ya no podía. Mientras tanto, Silvina seguía clavando con un cuchillo de cocina.

—Papá, vos tenés al diablo. Yo te lo voy a sacar. Te juro que te lo voy a sacar. Por Dios, Sergio, ayudame.

Silvina invocaba a Etcheverry cuando empezaron a estallar luces en la habitación, flashes, fotos. Gabriela agarró el palo del secador pero Silvina estaba imparable. Y empezó a pegarle en la cara, sin soltar el cuchillo. Fue entonces cuando entró la policía, cámaras en mano.

Desde ese día, las hermanas no volvieron a estar a solas. Se vieron algunas veces, como el día del careo, pero siempre con la presencia de algún doctor. Tenían prohibido hablar de esa mañana. Pero la última vez, en octubre, les dieron libertad de palabra. Gabriela llegó radiante, vestida con ropa nueva que había comprado en Alto Palermo.

—¿Sabés una cosa? -le dijo Silvina-. Yo tendría que haberme matado ese día. Hace un año que tengo la cabeza en otro lado. Es algo que no puedo explicar.

Después se quedó callada unos segundos y, como si nada, cambió de tema. Gabriela nunca más podrá ver a su hermana como antes, como si nada hubiese pasado. “Nadie conoce a Silvina mejor que yo. Es cierto que vivíamos peleando pero yo la quiero. Cuando nos despedimos, ese día, me abrazó bien fuerte. Me pidió perdón. Sin embargo, no sé, la sigo viendo como aquella mañana. No le termino de creer. Hubo un crac en mi hermana. Algo que permanece… Que todavía no se fue”.

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